Germen y resistencia

¿Alcanza en tiempos de negrura
en la era de infectos tarascones
y lavas purulentas
pararse en la belleza
alumbrar un sueño de tiernas criaturas?
¿Ofrendar un ramo de sonrisas primorosas
es resistir
ser coherente?
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(bolsillo/mis pruebas)
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¿Alcanza en tiempos de negrura
en la era de infectos tarascones
y lavas purulentas
pararse en la belleza
alumbrar un sueño de tiernas criaturas?
¿Ofrendar un ramo de sonrisas primorosas
es resistir
ser coherente?
—Manuel — dijo, con una voz pequeñita y apagada, mirando a un costado, como con timidez, como con picardía, como en secreto.
—¿Quién es? — pregunté yo, entre sorprendido y alegre, mientras se lo señalaba. Nunca había hablado, tal vez por la edad, tal vez por temor a llamar la atención, tal vez porque recién ahora entendía los mecanismos que articulaban sus pensamientos con su boca y su garganta.
Manuel estaba como a doscientos metros, en el lote de cebada, viniendo hacia nosotros.
Conseguirás tu víctima inocente
en una chacra al borde del camino.
Doce kilos, no más, tendrá el porcino
para que el plato sea procedente.
Una vez degollado, en agua hirviente
deberás desollarlo y un buen vino
descorcharás brindando por el tino
de la destripación, mas sé paciente:
Video
Globos en el aire
globos transparentes
cristalinos como la voz del agua
quietos como la espera
flotan
flotan
no los agita la corriente de ojos
ni las ondas mudas del aliento
Ocaso aplacó tus vapores agresivos
y una brisa a contramano
no alcanza a rizar tu epidermis aceitosa
cuyas lácteas lunecencias
ondulan, como boas ancestrales,
hacia un remoto origen de yemas optimistas.
Cinta de luto, aún más anochecida,
con una hebilla de plata que trae del recuerdo
orillas frescas y juncos estremecidos.
¡Pobrecito animal manso y apaleado!
En tu agónico reptar de pluviales movimientos
aún persiste la memoria del vergel y los jazmines.
Esta noche olvidás la ofensa suburbana
y brillás,
generosa guirnalda que se tiende
desde mi desazón al ojo ebúrneo
que nos mira discurrir conjuntamente
en un intento terco y obcecado
de mantener el cauce y la mirada.
Desde el puente,
tus reflejos de ameba iridiscente
estallan calmos, me dilatan, me contraen,
en un musical silencio de latidos apagados.
¡Contagiame la gracia
que, aún en los estertores subcutáneos de tu muerte,
le gritás a las ruinas fabriles de tu vera,
que, atónitas,
en su limbo lunar de grúas oxidadas,
no entienden (pobreza mineral)
que en tu lecho de barros venenosos
subyace el germen resistivo de tu vida!
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