Pupas en las ruinas

En medio de la tormenta de gritos y de puños
soplando las cenizas de lo que pudo haber sido
y que las mañas
el rescoldo del odio
y la ausencia de manos generosas
arrojaron a la hoguera cruel del sinsentido
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(bolsillo/mis pruebas)
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En medio de la tormenta de gritos y de puños
soplando las cenizas de lo que pudo haber sido
y que las mañas
el rescoldo del odio
y la ausencia de manos generosas
arrojaron a la hoguera cruel del sinsentido
—Manuel — dijo, con una voz pequeñita y apagada, mirando a un costado, como con timidez, como con picardía, como en secreto.
—¿Quién es? — pregunté yo, entre sorprendido y alegre, mientras se lo señalaba. Nunca había hablado, tal vez por la edad, tal vez por temor a llamar la atención, tal vez porque recién ahora entendía los mecanismos que articulaban sus pensamientos con su boca y su garganta.
Manuel estaba como a doscientos metros, en el lote de cebada, viniendo hacia nosotros.
Del ático desliza su cadencia
una rara y muy suave melodía
que turba mi cansino mediodía
con metálico timbre. Sin clemencia
pulsa la cuerda atroz de mi conciencia
que martilla mis sienes con porfía
y, de a poco, me sume en la agonía,
la desesperación y la demencia.
Video
Reverberan los objetos
con verdes vibraciones
goteando, por momentos,
sus mieles austeras,
a veces salpicando
angustias disconformes.
Crujen los insectos
sus noches milimétricas,
ondulando en su banquete
la estopa humedecida
de nuestros sentimientos.
Ocaso aplacó tus vapores agresivos
y una brisa a contramano
no alcanza a rizar tu epidermis aceitosa
cuyas lácteas lunecencias
ondulan, como boas ancestrales,
hacia un remoto origen de yemas optimistas.
Cinta de luto, aún más anochecida,
con una hebilla de plata que trae del recuerdo
orillas frescas y juncos estremecidos.
¡Pobrecito animal manso y apaleado!
En tu agónico reptar de pluviales movimientos
aún persiste la memoria del vergel y los jazmines.
Esta noche olvidás la ofensa suburbana
y brillás,
generosa guirnalda que se tiende
desde mi desazón al ojo ebúrneo
que nos mira discurrir conjuntamente
en un intento terco y obcecado
de mantener el cauce y la mirada.
Desde el puente,
tus reflejos de ameba iridiscente
estallan calmos, me dilatan, me contraen,
en un musical silencio de latidos apagados.
¡Contagiame la gracia
que, aún en los estertores subcutáneos de tu muerte,
le gritás a las ruinas fabriles de tu vera,
que, atónitas,
en su limbo lunar de grúas oxidadas,
no entienden (pobreza mineral)
que en tu lecho de barros venenosos
subyace el germen resistivo de tu vida!
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