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a Micaela Chauque, vientista norteña
El viento silbaba coplas
en el vientre de su madre,
por eso la Micaela
al viento música lo hace.
Besando cañas nos cuenta
la india historia de su sangre,
con la dureza del cobre,
con la dulzura del Ande.
¡Ahí viene la Micaela
besando el aire!
¡quiero ser caña del norte
para que quieras besarme
y como un río melodioso
en tu boca desbocarme!

Como agrario cometa polvoriento
con cola de gaviotas en cascada,
abriendo oscura brecha en la planicie,
va el tractor, reja y tierra esperanzada.
Como a un Capitán Beto de la amelga
la estela de las aves lo acompaña
por su órbita de esperas y barbechos
en el plano estelar de la campaña.
Cuando el fantasma del tiempo
sintió el estremecimiento inicial
que puso sus rosados músculos en movimiento
(vírgenes de agujas y de arenas)
y huérfano de clepsidras
sonoras como catedrales en la noche
inició su lenta marcha
levantando polvaredas de estrellas y silencio
la nube del misterio permanente
tendió sus tules
suaves medusas de engañadora sutileza.

Ya sangró el día sus últimas plegarias,
se esfumaron sus tenues pretensiones
tras un tul de suaves movimientos,
mórbidas ondulaciones en adioses para siempre.
Bebió la noche la última gota de su copa
y rompió el áspero cristal
en el duro rostro del asfalto,
brindando por todas las alegrías pasadas y futuras,
por todos lo llantos por haber y habidos.
A veces la calesita de los rostros
comienza su gira turbadora
que turba y disturbia la turbia memoria
soplando el polvo de años herrumbrosos
reviviendo colores de sangres oxidadas
renovando las fechas de vencimientos falsos
trayendo al frente latidos olvidados
vibraciones acalladas.
— DHB
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