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No es lo mismo andar desnudo por la calle
que tomar un café en el Aconcagua
ni esperar el tren en José Mármol
que llorar penas en el baño
sobre una loza fría y confidente.
No es lo mismo leer El Capital
que patear hormigeros en verano
ni es lo mimsmo silbar a las calandrias
que comerse un helado de churrasco.
Larva fosforescente
diminuta
movediza
que trepana galerías apretadas
Arquitecta del colapso
que diseña estructuras de derrumbe
y construye poco a poco
un caos de polvos y silencios
No soy explorador de la palabra,
tan solo un pelandrún con lapicera
que a veces, recostado en la catrera,
roba a la nada un abracadabra.
No tengo estilo propio (bah, ninguno)
pero sí una esperanza rantifusa
y, como en el ombligo la pelusa,
encuentro, a veces, un verbo oportuno.
Hoy quiero batallarte con la furia
que despliega el verano en los jardines
azotarte a palabras agridulces
abatirte en las arenas victoriosas
del deseo cuando llega presuroso
y en derrotas y triunfos, en combates
de cuerpos que se buscan, que se palpan
de bocas y de manos que se atrapan
para ser vencedor ante la vida
que me nace al saberte contrincante.
— DHB
Ella a veces es un bosque,
ya brumosamente opaco,
ya oscuro y fantasmagórico,
ya luminoso y alegre
con trinos y enredaderas
que trenzan sus esperanzas
en la piel parca y rugosa
de su repetido cuerpo.
Como atuendos medievales,
los líquenes, las parásitas,
los zarcillos, los botones
de pétalos circundados,
pueblan el raro universo
de ninfas innumerables
con su rostro esquivo, claro,
de luna llena atrapada
en el hueco de las manos.
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