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Llegan hasta mi ventana,
oración que los jardines
rinden a los sentimientos,
aromas de cien jazmines.
¡Ay, jazmín que por las noches
despierta la embriagadora
ráfaga de las nostalgias,
no martirices mi hora!
Era esa noche
con caricias de cortinas
mano sobre mano en la penumbra del balcón
después de desangrarnos tiernamente
en la arena del amor.
Era esa noche
en que los jazmines elevaban
su plegaria dulzona hacia la luna
que nos plateaba en silencio
con su mirada de ansiedad lobuna.
Empuja, siempre empuja,
mete las uñas y la frente,
hincha el cuello, patalea,
se estruja y se retuerce,
busca la más mínima hendidura
por donde colarse y extenderse
más tenaz que el parásito más fiero.
Aparece en los desiertos más hostiles
y en las noches más oscuras
impone su lucero.
Es frágil mi atención, Señora mía,
se quiebra con el primer meneo de una hoja,
con el titilar mínimo y escaso
de la estrella más lejana,
con el croar de un sapo,
la rotura de una rama.
Es viernes y lo sabe
el cuerpo del groncho que culmina
su semana, feliz con una birra
y ese humor procaz y chabacano,
horror del prolijo ciudadano
que ha olvidado la forma descuidada
y fresca de la honesta carcajada,
del chiste sencillo y picaresco,
grosero, sincero y pintoresco
de aquél que la yuga día a día
en la obra, la fábrica, y termina
ese lapso cansador de duro encierro
que es la jornada sudada como perro.
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