Secciones

al maestro Eduardo Falú
Gorjean tus dedos
los trinos que el poeta ido
labraba en las alturas de la lengua.
La cálida garganta de madera
suelta tus alondras
que señalarán por siempre
la senda frágil del corazón latiendo
en el rincón más tibio
de los sentimientos.
Yo soy piedra de este valle,
mudo clamor,
no me pidan que me calle
pues canto soy.
Yo soy canto endurecido,
dolor y tiempo,
me han golpeado los olvidos
en mis silencios.
En mis silencios se asoma
hecho canción
el vuelo de una paloma
en rebelión.

La silla enmudece
bajo la cuadrícula del haz de la ventana.
Miríadas de duendes
en caótico orbitar de centellas diminutas,
como una desmembrada danza de diamantes,
intentan seducir su estático silencio
para desentrañar,
de a poco,
pero con la impudicia microscópica
e inevitable del polvo,
su nudo de secretos.
Silla,
ventana
y polvo iridisado:
trilogía semántica,
triángulo de implicancias,
recuerdos encriptados.
Donde se cree que habita la ceguera
en donde suponemos
que el tímpano espera inútilmente
y que las arenas
sólo fuliginosas redes entretejen
una mueca dentada y su neón pendiente
espantarán tus sueños
Tenderme en le pasto boca arriba
y dejar que la lluvia me disuelva
sentir que mi sangre se diluye
y mis átomos en verde se sublevan
mezclarme en el humus victorioso
que las sabias bacterias me rezuman
para poder fluir entre las ramas
entre los musgos húmedos y fofos
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