Letras inútiles, confusas, desorientadas, puercas, escandalosas... necesarias

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Memorias del musgo

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Cómo y cuándo llegué a establecerme aquí es algo ya borroso y desteñido por el tiempo, difícil de precisar, tanto sol y tanta sombra han pasado por estos jardines.

Seguramente la brújula desquiciada de mi nariz inquieta y la fobia a los caminos trazados me hicieron tropezar con el bosque brumoso en cuyo ignoto corazón se alzaba (más bien se derruía) el caserón mohoso y oxidado que hoy habito (¿que siempre habité?). Sí recuerdo bien la instantánea sensación de hogar que experimenté al verlo ahí, descascarándose entre aserrines y mamposterías vencidas por el olvido. O por toneladas de recuerdos, que es lo mismo.

Las enredaderas que invadían escalinatas y persianas desvencijadas, las plantas crecidas en las grietas de sus paredes, el verdín omnipresente, el crujido de los insectos que escapaban a mi paso, entre hojas secas y astillas, el polvo cementado en los cristales que sobrevivían en las ventanas desdentadas y en los espejos marmolados por la negra carcoma de la ausencia de reflejos, me revelaron el auténtico sentido de la palabra identidad. Fue una epifanía.

Y aquí quedé, incrustado como una planta más en este caótico ecosistema generador de melancólicas floraciones de la mente, de dulces y violentas conflagraciones entre el abigarrado entorno físico y la policromática y multiforme impiedad de mis visiones internas, de silvestres nacimientos hijos del misterio y la soledad.

En el parque (la selva) que rodea la casona suelen escurrirse murmullos y siluetas transparentes agitando el follaje, espantando pájaros. En los alrededores de la gran alberca, tapizada de arvejillas e islas flotantes formadas por amontonamientos de hojas donde arraigaron juncos y gráciles jacintos, suelo escuchar risas de niños y algún que otro alegre ladrido, sones lejanos de posibles eras olvidadas.

Comadrejas, lauchas, gorriones, cucarachas, algún zorrito, hormigas y culebras corretean entre los troncos cubiertos de líquenes y hongos. A veces pareciera que, por momentos, todos se quedaran quietos observándome mientras trato de escribir algo, sentado sobre un macetón volcado por la abulia del tiempo, intentando descifrar las manchas del musgo en las columnas o adivinando salidas en los laberintos que trazan los ladrillos que asoman en las ausencias de revoque de las paredes. Pero cuando levanto los ojos para verlos ya se escondieron. Sonrío disfrutando ese juego.

A veces me siento en el desparramado sillón del salón principal, por cuyo techo semiderrumbado se filtran rayos de sol trenzados con haces ocres y miasmáticos que disputan su protagonismo a las telas de araña, y miro los retazos de nubes que corren como lentas diapositivas movidas por un silencioso mecanismo. Otras permanezco en el piso de una gran estancia vacía con las rodillas flexionadas contra el pecho, apoyando mi espalda en una pared azulejada de un blanco traicionado, observando las hormigas que llevan en sus pinzas recortes de mi memoria, pero no veo a dónde van, se pierden tras el marco de una puerta cuyo vano es un oscuro misterio.

Esas esperas me sumergen en un limbo acolchado, ingrávido, donde quizás se barbeche alguna idea, donde quizás un tímido brote quiebre el tegumento de mi cráneo, y eche raíces, y se yerga, y estire su pequeña hoja ávida de sol reclamando la altura necesaria para florecer y fructificar. A veces sucede.

Cada habitación, cada salón desértico, cada oscuro pasillo de esa casona fantasmal es un granito de oro en la alforja de mis sueños. Tal vez pueda tallar en esos granos minúsculos jeroglíficos que narren una historia inasible, una galaxia de deseos, un jardín de musgos promisorios. Para las venideras generaciones de bacterias y termitas.

DHB