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—Manuel — dijo, con una voz pequeñita y apagada, mirando a un costado, como con timidez, como con picardía, como en secreto.
—¿Quién es? — pregunté yo, entre sorprendido y alegre, mientras se lo señalaba. Nunca había hablado, tal vez por la edad, tal vez por temor a llamar la atención, tal vez porque recién ahora entendía los mecanismos que articulaban sus pensamientos con su boca y su garganta.
Manuel estaba como a doscientos metros, en el lote de cebada, viniendo hacia nosotros.
Me acomodo en mi escritorio, frente al blanco brillante de la pantalla, intentando un inicio.
La presuntuosa marea de mi mente comienza a esbozar las sabánicas orillas de un bosque, con sus terciopelos y sus matas, el lomo sugerido de alguna bestia, los pequeños matorrales que orlan la verde falda de la espesura inminente.
Como sabemos, la Teoría de las Cuerdas (o Conjetura Yepes-Casals-Oistraj ampliada) empezó a formularse en 1974, cuando Jöel Scherk y John Schwuarz fueron expulsados del quinteto de vientos La Soplacaños, acusados de intento de infiltración instrumental por backdoor (historia que será contada, o no, en su debido momento).
A veces uno se relaciona con los elementos más insospechados, más inesperados, más insólitos y/o más inverosímiles.
Hay personas que establecen una relación fuerte con sus mascotas y a sus allegados puede parecerles (lo he escuchado) patético: “¿Por qué no adopta un niño/a? ¿Por qué no hace docencia? ¿Por qué no participa en una organización social?” Por qué, por qué, por qué… Porque muchos han SUFRIDO los contactos con otras personas y les resulta más fácil, más seguro, más duradero un animalito ¡déjenlos ser!
Abrí la puerta y entré.
Costumbre que uno tiene de dejar las cosas como las encontró… cuando me dí vuelta para cerrarla ya no estaba. En su lugar un abismo negro, poblado de estrellas rojas y azules, abría sus fauces hambrientas.. Debí hacer un esfuerzo para mantener el equilibrio y no caer. Si bien normalmente esta situación me habría resultado por demás extraña, no me sorprendí. Por alguna velada razón todo me parecía lógico, natural.
Letras inútiles, confusas, desorientadas, puercas, escandalosas… necesarias para quien las profiriera